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Por la razón que apunté en un plato anterior, el libro electrónico supone un avance en la lectura por obligación pero no en la lectura por devoción.

Aún así, previsiblemente acabará por imponerse entre las futuras generaciones, relegando al libro de papel a la categoría de objeto de culto cual vinilo de celulosa.

Sea como fuere, traerá nuevos hábitos de lectura que requerirán una nueva forma de entender el mercado editorial. Por ello y teniendo el precedente de la industria audiovisual resulta sorprendente, la lentitud e indefinición con la que están actuando las editoriales y distribuidoras.

Que, al igual que las discográficas en su día, parecen más preocupadas en perpetuar un modelo de negocio obsoleto que en explotar las múltiples posibilidades que toda nueva tecnología brinda.

Mientras, en el “nuevo mercado editorial” se suceden las novedades y, mes a mes, son más los lectores de libros electrónicos vendidos y los ebooks disponibles para su descarga legal e “ilegalmente”.

Cuando se desplomen las ventas del libro analógico y se cierren librerías, vendrán las lamentaciones y la búsqueda de la culpabilidad ajena. Al tiempo.

© oídococina.com

Sugerencia del chef: Mensaje en una botella

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Si hay un objeto llamado ha dejar de ser un mero gagdets para convertirse en un objeto cotidiano, ese es el lector de libros electrónicos.

Y ello, aún a pesar de lo elevado de su precio y lo reducido de sus pantallas. Pues, a medida que incrementen las ventas y disminuirán los costes, tendremos un mejor producto a menor precio. Como ya ocurrió con las cámaras digitales.

Sus promotores, resaltan como mayores virtudes su enorme capacidad de almacenamiento y su pantalla de tinta electrónica que evita los inconvenientes de la lectura en las tradicionales pantallas retroalimentadas.

Resulta paradójico que un objeto vendido como revolucionario, contradiga la actual tendencia hacia el almacenamiento web. Sin embargo, ese no es su principal lastre si no su incapacidad para reproducir la sensación de tener un libro entre las manos, pasar sus páginas, sentir su peso.

El libro electrónico supone un avance en la lectura de documentos de trabajo pero implica un retroceso en la lectura por placer ya que reduce esta experiencia a una actividad estandarizada, automatizada y dominada por el frío sentido de la vista olvidando, el más calido de los sentidos, el tacto.

Y es que, hay sensaciones que aún la tecnología no es capaz de reproducir.

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